Desde muy pequeña, descubrí que las palabras podían ser refugio y desahogo. Leer me permitía escapar, mientras que escribir se convirtió en la forma de demostrarme que podía lograrlo. Era mi manera de reafirmar que tenía algo que decir, aunque a veces dudara de que realmente importara.
Crecí sintiéndome fuera de lugar, buscando siempre una vía de escape a través de la lectura. Cada libro era una ventana abierta a un universo nuevo, donde podía perderme y ser cualquier otra persona. Con el tiempo, escribir se transformó en una necesidad. Llenaba cuadernos con historias que nacían de mi imaginación, cuentos que reflejaban mis inquietudes, mis miedos y mis deseos. Aunque a menudo me sentía pequeña en comparación con los grandes autores que admiraba, no podía dejar de escribir. Era un impulso inevitable, algo que formaba parte de mí, aunque no lo compartiera con nadie.


